Después de la menopausia, el estrógeno circulante disminuye dramáticamente. Como la vagina, la vulva, la uretra y el trígono vesical contienen receptores de estrógeno, estos tejidos se vuelven más delgados, secos, menos elásticos y más frágiles. El conjunto de síntomas resultante se llama síndrome genitourinario de la menopausia (SGM) — anteriormente conocido como vaginitis atrófica.
El SGM afecta a aproximadamente 50–70% de las mujeres posmenopáusicas. A diferencia de los sofocos, no mejora por sí solo — típicamente empeora. La buena noticia: responde muy bien al tratamiento.